El problema del transporte es, esencialmente, un asunto de estado, un problema causado por la política y cuya solución depende de decisiones políticas.
El transporte se pone como tema central de la vida ciudadana desde el momento en el cual es necesaria su existencia para la supervivencia de la población. Esto es, si la gente necesita transportarse para trabajar, entonces el transporte debe ser asunto de estado. Ligado a esto ya se ve el primer asunto político ligado al transporte: las políticas de planeamiento urbano, económico, industrial, etc., que determinan en qué zonas del territorio nacional se han de abrir puestos de trabajo, en dónde viviendas, y en qué cantidades.
La falta de este tipo de planificación en el desarrollo del país hizo que la evolución fuera librada al azar, a la naturaleza, que es en esencia caótica y que apela a la supervivencia del más fuerte de modo despiadado. Los más fuertes (el poder económico, las empresas) se establecen donde les conviene (la ciudad de Buenos Aires), crean necesidad de millones de puestos de trabajo en un área reducida de modo muy concentrado (microcentro), propician la migraciones internas a esa ciudad por la falta de trabajo en otros sectores del país, y la situación económica no permite a los trabajadores vivir en la ciudad, sino que los relega a los alrededores, que es lo máximo que pueden solventar. Así nace la necesidad de transportarse y, cuando la ciudad es tan grande, la necesidad creada se transforma en el problema.
Querer meter millones de personas en una zona tan reducida de la ciudad es lo que causa el problema. Es un problema esencialmente físico: en un tiempo determinado (que es el horario de los empleados para ir a trabajar), en un espacio determinado (el centro), puede entrar naturalmente una cantidad determinada de gente y no más. Este “naturalmente” puede ser forzado al mejorar la infraestructura de transporte y hacer que se aumente la tasa de transferencia, pero nunca solucionará el problema básico que es la necesidad creada (y erróneamente aceptada como natural) de viajar todos los días al centro.
Así, desde mi óptica (que no es solo mía), el primer problema –y asimismo la primera forma de solucionarlo– está en la política de planificación. El Estado tiene soberanía sobre su territorio y por tanto puede decidir –legislación mediante– dónde se puede y dónde no se puede abrir empresas y puestos de trabajo, lo que a su vez determinará –también mediante regulación estatal– dónde se establecerán viviendas. Así, esos millones de personas podrían estar distribuidos por todo el país, de modo tal que haya miles de centros urbanos más pequeños, y así se fuerce menos la capacidad física del espacio y de los cuerpos para desplazarse. En este sentido, el ejemplo dado para el transporte de personas es también de vital importancia al referirse al transporte de carga, y las variables en juego son análogas.
Más allá del problema mayor, solucionable con un crecimiento del país de modo parejo en todo su territorio, hay sin embargo otros asuntos clave para la solución del problema del transporte. El principal tema es la llamada “infraestructura de transporte”, que se refiere a la base organizacional general del transporte en relación al territorio y la necesidad.
Determinadas las variables, es decir, en qué lugares vive la gente y dónde se produce la carga, a dónde necesita ir esa gente y esa carga, en qué días y horarios, qué cantidad de personas o de materiales, etc., el siguiente paso es el armado de una red de transporte. Ya sea por agua, tierra o aire, cualquier medio de transporte organizado se basa en una ruta y dinámica establecida. Esta red de transporte debe ser planificada en modo conjunto de forma tal que sea un sistema único donde las necesidades, potencialidad y limitaciones de cada tipo de transporte se complementen orgánicamente.
Este punto, que es en teoría sencillo, es también inabarcable como para ser analizado por aficionados como yo, que apenas tocamos de oído estos temas y nos nutrimos con lo que podemos leer y escuchar por allí de modo mundano. Pero está claro que al hablar de planificación de transporte se está hablando también de planificación de energía, se está hablando también de planificación de industrialización, se está hablando también de planificación de economía, se está hablando también de planificación social, en fin, se está hablando de planificación de un país. Y es por eso que la cosa no va para ningún lado, porque lejos de planificar, en el mejor de los casos, lo que hacen los sucesivos gobiernos es tapar baches (por usar una metáfora de transporte), construyen una línea de subte cuando no queda más remedio, repavimentan rutas cuando la cantidad de accidentes ya es bochornosa. Y, en el peor de los casos, se trata de negociados con el poder económico, a quien le importa más su rentabilidad, su status quo, que el bienestar de la sociedad en la que sustentan sus ganancias, de la gente que día tras día les da de comer en la boca.
Después podemos hablar de si conviene transporte por tren, por automotor, por barco, por avión o qué. De si es más sustentable la nafta, el gas, la electricidad o qué. De si el transporte debe ser un servicio público gratuito como la educación, la salud, la seguridad, etc., o de si está bien que cobren por él y sea privado. Podemos hablar de todo esto, y en este sentido mi texto es optimista. Porque si escribo y publico esto no es de quejoso, es por impotencia pero por ganas, porque se me hace tan clara la cuestión a veces, y tanta bronca da que no se hable del tema de fondo, que siento que lo primero que tengo que hacer es hablar. Porque, estamos de acuerdo, los medios de comunicación hegemónicos son los dueños del capital, compañeros de clase social de los dueños de las empresas, cuando no son las mismas personas, y entre ellos se cuidan el ganado. Y a los medios les gusta hablar de baches y de subtes nuevos, pero no les gusta hablar de los problemas de fondo.
Por todo esto creo que nosotros, la base de la sociedad, debemos empezar a hablar estos temas de fondo como primer paso para cambiar algo. Debemos confiar en la política y entender que la política somos nosotros, no ellos. Cuando todos seamos políticos, cuando todos nos pongamos los pantalones y salgamos a la cancha, ahí podremos defender la pelota y que nos dejen de golear día a día. Cuando dejemos de ser espectadores y pasemos a ser actores. Cuando se termine el teatro y empiece el carnaval. Y que luchemos por nuestro presente y nuestro futuro. Porque si hay algo que tiene de bueno el ser humano, es su conciencia del tiempo y su capacidad de planificación. Usémosla, para nuestra vida individual así como para nuestra vida social, hasta que la muerte nos separe. Amén. Archívese, publíquese, notifíquese a todomundo.
martes, 17 de agosto de 2010
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