miércoles, 4 de abril de 2012

Entre el caos y el orden (espacio). Entre el azar y la planificación (tiempo).

En general, muchas de las cosas que suceden en esta vida las organizamos en nuestra mente a partir de identificarlas con uno u otro punto extremo, o con cierta mezcla entre ellos. En este sentido, una de las polaridades a tener en cuenta podría ser a partir de cómo se relaciona uno, como sujeto, frente a ese entorno. En relación a uno, entonces, las cosas pueden ser, digamos, en extremos:
- conocidas o desconocidas
- controlables o incontrolables
- predecibles o impredecibles
y una larga lista de etcéteras en términos dicotómicos. Y aquí introduciría las ideas del caos y el orden, o del azar y la planificación.

Al pensar mi vida, ya sea cuando me lo propongo o cuando me cuelgo involuntariamente en ello, no dejo de preguntarme en qué medida accionar sobre las cosas y en qué medida dejar que las cosas sucedan.

Conozco las bondades del orden y la planificación, pues son aquellos valores centrales que me han transmitido desde pequeño mi familia y mi sociedad en general. Entiendo hacia dónde va, en qué consiste, pues de eso se trata lo razonable, digamos, de conocer, de controlar, de predecir. Pero en lo que hace al caos y al azar, justamente, y diría que casi por definición y de modo inevitable, me desconciertan. Se trata de algo desconocido, incontrolable, impredecible. Uno ya no puede sino creer, confiar, tener fe.

Hay una cierta tendencia, si no en el ser humano, al menos en el ser humano en mi contexto social, o incluso al menos en mí mismo, a echar luz sobre las cosas a partir de pensarlas, de razonarlas, de evitar la oscuridad con que metafóricamente se designa a lo desconocido, asociándolo a lo peligroso, pues, claro, oscuridad es peligro para una especie que ya ha perdido tanto el instinto que sin luz y razón sería presa fácil en “estado de naturaleza”. Tenemos, o al menos tengo, una tendencia a iluminar la oscuridad, a ver qué hay, a saber por dónde camino, dónde estoy, quiénes más están, etcétera.

Sin embargo, si trato de ampliar mi mente y salir fuera de mi propia concepción (como otro acto de echar luz sobre todo), advierto que la mayor parte de los seres de este mundo se manejan de un modo distinto, ya sea personas o culturas con mayor presencia de la fe que de la razón, o incluso digamos todo el resto del reino animal, o ni que hablar del vegetal, que vive incluso sin saber ni importarle si lo hace o no. Por lo tanto, está claro, al iluminar por fuera de uno, que la mayor parte del entorno vive en esa llamada oscuridad, vive sin conocer ciertas cosas, por lo tanto entendemos, en primera instancia, al menos, que no es imprescindible conocer, controlar y predecir para poder vivir.

No sé cómo seguir el texto. Mi razón llega hasta ciertos límites. Un primer párrafo introduciendo el tema (la polarización del entorno en la mente del sujeto), un segundo párrafo planteando la duda que sustenta el texto (hasta dónde ordenar y planificar, hasta dónde dar espacio al caos y el azar), un tercer párrafo definiendo cuestiones centrales (cómo vivo ese orden-planificación y ese caos-azar), un cuarto párrafo definiendo otras cuestiones centrales (el sujeto y su tendencia al orden), un quinto párrafo construido a partir de las cuestiones planteadas antes, ampliándolas (el sujeto ordenador y sus miradas a otras actitudes posibles), y un sexto párrafo que repasa y clarifica todo lo dicho hasta aquí, a modo de conclusión (este párrafo, que se vuelca sobre el propio texto y pretende cerrarlo, con un moñito).

Pero sería hipócrita dejarlo ahí. Aunque tampoco resulta razonable seguirlo. Ya dije todo lo que tenía para decir. Mentira. Dije todo lo razonable que tenía para decir. Pero hay algo que siempre queda afuera. Escribo este párrafo de modo menos metódico, menos planificado, pero igualmente al escribirlo se convierte en algo más o menos racional, porque llena de luz, de palabras, aquello que no está dicho, aquello que queda (quedaba) del lado de lo desconocido, aquello que tanto angustia pero que es nuestra posibilidad de vivir, pues la única oportunidad de conocer, de seguir conociendo, de seguir iluminando, es que haya oscuridad. Porque esa oscuridad es lo que no somos, son los deseos insatisfechos, son el futuro, son los demás seres, son lo que no controlamos, y que no sabemos siquiera si podemos o incluso si queremos controlarlo. A priori, puede que sí, y por eso hacia allí vamos. Pero quizás lo mejor sea ir porque sí, porque hay algo, aunque no sepamos qué, que nos pide que vayamos, que nos llama, como me llamó escribir este párrafo “sin sentido”, como incluso me llamó escribir este texto (y hacer lo posible para que llegue hasta alguien que lo lea), porque es seguro que algo concreto y predecible quería con este texto, pero también es seguro (o inseguro, pero es) que hay algo que quería aunque ahora no sé qué y tal vez no lo sepa nunca.

1 comentario:

  1. Uy, mirá, tenés blog. Yo también tenía, pero lo abandoné, y ya me olvidé cómo era eso de tener blog. Hoy lo reviví y ahora soy como un muerto-vivo, un zombie cybernético. Es decir que me relaciono con mi entorno, la blogósfera, de una manera un tanto bipolar, podríamos decir, dado que mi blog está vivo y muerto al mismo tiempo, y me es conocido y desconocido al mismo tiempo. Tengo un blog cuántico!

    Estoy de acuerdo con celebrar las incertezas. Bueno, no sé si celebrar, pero aceptarlas, porque como decís, sin incertezas no hay certezas, sin oscuridad no hay luz, "sin corazón no hay vida" (http://www.youtube.com/watch?v=iqVd2qyEJhY).

    Abrazo!

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