miércoles, 24 de marzo de 2010

Sobre el tiempo, la memoria, la subjetividad y el futuro

La conciencia del tiempo es una de las características del ser humano que lo hacen especial entre el resto de los seres vivos. Esta conciencia, atravesada por la racionalidad y la construcción del entorno en tanto objetos, hace que interpretemos el tiempo como el espacio: es infinito y es medible. Y así como cargamos de sentido -emocional y racionalmente- el espacio, y entonces sentimos y pensamos de un modo especial en un lugar determinado, también pasa lo mismo con el tiempo, en su doble característica de unidireccional y cíclico.

Desde nuestra concepción del mundo, es unidireccional, hay un pasado y un futuro, ambos hacia el infinito. Y hay un presente, que es simplemente un instante efímero que funciona como límite entre el pasado y el futuro. Pero también es cíclico, porque hay ciclos que empiezan, terminan y vuelven a empezar. Estos son los años, las estaciones, los meses, los cuatrimestres de la universidad, el período de sesiones ordinarias del poder legislativo, lo que sea. Unido a esto, las fechas. Y es ahí donde el tiempo, como el espacio, se puede recorrer una y otra vez, y sentir acorde a la carga que le pongamos a cada momento del ciclo.

“Hoy la carne sale un 35% más que en Marzo pasado”, “Hace un año ni conocía al amor de mi vida y ahora estoy conviviendo”, “Hace 34 años comenzaba la peor dictadura de la historia de nuestro país”. El pasado no existe, pasó, pero existe la memoria para otorgarle una existencia y un sentido -emocional y racional- a ese pasado. Al igual que no se puede recorrer un espacio dos veces, porque la segunda vez ya cambió él y cambiamos nosotros (como la metáfora de que “nunca se cruza dos veces el mismo río”), tampoco se puede vivir un tiempo dos veces. Pero el carácter de cíclico del tiempo hace que ciertos días, aunque más no sea desde su nombre (“Veinticuatro de marzo”), se repitan cada cierto tiempo, y sintamos de algún modo que estamos reviviendo todos los días pasados que tuvieron ese nombre, y vuelven a nosotros emociones asociadas a ese día, como vuelven las emociones al visitar el pueblo natal o la escuela primaria, o al encontrar a un viejo amigo en Facebook.

Todos convivimos en un tiempo simultáneo, pero a la vez cada uno lo vive de modo diferente. Al igual que el espacio, que puede ser físicamente el mismo, pero para cada uno es algo distinto. El Monumental (estadio de River Plate) tiene una carga para mí que soy de River y he ido ciertas veces en particular, tiene otra carga para quienes van siempre, tiene otra carga para quien va de visitante por primera vez, otra carga para un turista, otra carga para un viejo que supo ir todos los domingos pero que ya no puede ir más porque no le da el físico, o para alguien que vio salir campeón del mundo a Argentina allí hace 32 años. Así, entonces, el tiempo es lo mismo: el 24 de Marzo de 1976 fue el día en que comenzó la peor dictadura de la historia del país y una de las peores del mundo. Pero ese día tiene una carga distinta para cada uno. Tiene una carga emotiva especial para quienes lo planearon y llevaron a cabo, logrando su beneficio espiritual y económico, que lo recordarán probablemente con la felicidad con que recordamos la final del mundial del ’78. Tiene otra carga distinta para quienes lo sufrieron y perdieron a sus seres más queridos en manos de esos hijos de puta. Otra es la carga emocional con que lo viven mis viejos, que lo vivieron en 1976 pero no tuvieron amigos cercanos que lo hayan sufrido tan directamente como lo es con la muerte. Y es otra la emoción con que yo lo vivo, yo que no lo viví en 1976, pero que vivo en un país que lo recuerda desde siempre (desde siempre que vivo, toda mi vida).

La memoria es, antes que todo, emocional. Uno recuerda emociones y las completa con datos que la justifiquen. Por eso es tan subjetiva, por eso sobre un mismo hecho cada uno lo recuerda distinto: porque lo vivió distinto, desde su propio lugar. Por eso el 25 de Mayo de 1810 es para todos masomenos igual, porque para todos es un pasado lejano, petrificado por la historia oficial, sin mucha revisión ni posibilidad al respecto, ni interés. Pero el 24 de Marzo de 1976 estaba viva gran parte de la actual población del país, algunos tenían 2 años y casi ni lo sintieron, otros tenían 22 años y vieron el terror a los ojos, otros tenían 54 años y hoy lo recuerdan desde otro lado. Y otros ni siquiera estábamos en planes de nuestros padres, pero vivimos los recuerdos desde ese otro lado, también con cierta emoción.

No sé quién leerá esto, no sé qué pensarán, quizás parezca que trato el tema de un modo muy frío y casi abstracto. Pero bueno, es un análisis posible de la situación, y quería escribir desde esta perspectiva. Porque el recuerdo colectivo del terror de aquellos años es moneda corriente. Por suerte, por suerte se recuerda y con mucha fuerza. Más allá de tristezas o alegrías, en general, me transmite cierta felicidad ver a la sociedad unida. Sea por gritar un gol de la selección de fútbol, sea por reivindicar la argentinidad de las Islas Malvinas, sea por odiar a los genocidas y su actividad. Esa unión, esa pasión común, ese sentir juntos, es una de las emociones más lindas que conozco. Y creo que eso, sentir juntos, es una de las claves para el triunfo de la sociedad de cara al futuro. Y por eso me puedo poner contento aunque el recuerdo sea triste. Porque al menos ese pasado triste nos une de cara al futuro. Y eso es un pueblo, un conjunto de personas con un pasado común y un futuro común. Brindo por la unión argentina, sin perjuicio de la unión latinoamericana y mundial.

domingo, 14 de marzo de 2010

Economía y diseño de la educación pública *

El diseño, como muchas otras palabras que usamos día a día, es sin duda un concepto con tantas definiciones posibles como diseñadores (o "usuarios") puedan existir. Pero sin ahondar en este tema, podríamos decir, en líneas generales, que es un conjunto de decisiones que toma alguien (el diseñador) para responder a necesidades -suyas y/o de los "usuarios"- valiéndose de -o viéndose limitado por- ciertos recursos (económicos, humanos...).

Como diseñadores tenemos, entonces, una doble forma de interpretar las cosas. Primero está esa visión desde el ser humano, de intentar conceptualizar y explicar(se) todo, los procesos naturales y sociales. Y más aún, desde una visión entrenada en el diseño, podemos entender el accionar del hombre siendo, como se dijo, una respuesta a necesidades a partir de recursos: diseñando. Se puede decir, entonces, que el diseño es también una característica inherente al hombre, sea el diseño propiamente dicho, o cualquier otra actividad del hombre que responda a esta lógica de necesidad x recursos = accionar => resultado

Siendo humanos, entonces, nos preguntamos acerca de todo e intentamos darle una explicación causal. Y siendo diseñadores entendemos como diseño el accionar del hombre. Al observar a nuestro alrededor, en la facultad, podemos hacer un análisis tan extenso como queramos, pero partiendo de esta premisa: nada que haga el hombre es porque sí, ninguna decisión es al azar.

Cabe entonces preguntarse (y responderse):
* ¿Cuál es la necesidad que da origen a la existencia de la universidad pública en general, y de la UBA y de la FADU en particular? ¿Cómo se actualiza esa necesidad conforme pasan los años? ¿La necesidad de quién/es?
* ¿Cuáles (y de quiénes) son los recursos (económicos, humanos...) con que se cuenta para satisfacer tales necesidades? ¿Son (bien) utilizados esos recursos?

El solo hecho de preguntarse esto contiene, claramente, una serie de premisas y respuestas (y de más preguntas): las necesidades cambian a través del tiempo y son necesidades de alguien. Y los recursos son (de) alguien.

Teorizando sobre el/los concepto/s de diseño podemos sentirnos muy felices de saber que el hombre tiene, en su propia esencia y cultura generada, la capacidad de responder muy satisfactoriamente a sus necesidades (naturales y sociales). Pero al abrir los ojos y ver la realidad, ésta se choca de frente con la teoría, y nos lleva a una respuesta que demuestra que algo en ese diseño no está siendo bien resuelto: existen los recursos, generados por un sector de la sociedad, pero las necesidades que se satisfacen son las de otro sector de la sociedad, algo que la biología explicaría como parasitismo (en este caso dentro de una misma especie).

La universidad pública funciona con recursos económicos que son generados por un sector de la sociedad que no puede acceder a ese nivel de educación. De todos modos, creer en un mundo en el que todos tengan acceso a educación universitaria es, cuanto menos, irreal en el corto, mediano y hasta largo plazo. Sin embargo, por la propia esencia de la universidad pública, los profesionales que de ella egresan deberían tener un perfil apuntado a resolver los problemas de quienes sustentaron económicamente su capacitación académica. Y no solo los egresados, sino también los estudiantes, deberíamos aplicar nuestra experiencia en situaciones concretas que aporten a resolver los problemas reales de quienes nos bancan la educación. Algo así como devolver con trabajo los que nos fue prestado con dinero=educación.

Algo que distingue a los diseñadores en general de otros profesionales universitarios es un sentido de la práctica, de teorizar pero siempre a función de una aplicación concreta. Es el trabajo proyectual en un diseño, la realización, hacer realidad una idea o concepto. Es analizar la situación, los recursos/limitantes económicos y humanos, pero teniendo en cuenta nosotros mismos nuestras propias necesidades. En resumen, ver dónde estamos, a dónde queremos llegar, y poder trabajar para lograrlo.

La inercia es muy fuerte, es una forma de existir de la universidad pública que viene desde siempre. Pero los próximos caminos no están hechos, se hacen al andar. El camino es lo que ya fue recorrido, lo que falta por recorrer se llama futuro. Y está en nosotros decidir cómo lo diseñamos.

* (El presente texto lo escribí en Febrero de 2009 para que sea publicado en una revista independiente en la que estaba trabajando con algunos amigos, orientada al ámbito de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad de Buenos Aires. Finalmente la revista no se publicó y el texto tampoco, hasta ahora. Aunque ha pasado más de un año y algunas cosas en mi forma de ver esto cambiaron o se ampliaron, básicamente sigo estando de acuerdo con lo que escribí y por eso me parece importante publicarlo así como era.)

lunes, 8 de marzo de 2010

El secreto de sus despojos

No vi “El secreto de sus ojos”, no vi casi ninguna de las pelis que competían en los Oscars, no me enorgullece ni avergüenza. Pero el fenómeno de exaltación de tales premios no hace más que generarme rechazo.

A riesgo de parecer Chávez o Pino Solanas, diré que veo estos premios –como mucho del cine estadounidense– como uno de los mayores emblemas del imperio. Y como somos sus súbditos, me da bronca la sumisión inconciente a ese sistema de valores, a esos códigos, tan poco nuestros por un lado, y ya tan tristemente nuestros por otro.

Para que un ejercicio de poder se sustente, dicen algunos estudiosos, se necesitan dos partes, una que ejerza el poder y una que lo soporte. Hegel, al analizar la historia desde la relación amo-esclavo (a nivel social, como “clases”), decía algo con lo que no estoy del todo de acuerdo pero sí en parte: ambos, amo y esclavo, son quienes sostienen esa relación de poder, para que el amo sea amo el esclavo tiene que aceptarlo como tal e incluso defenderlo. Y el ejemplo es mío (aclaración lejos del orgullo, sino para excusar a Hegel por las dudas): para que el pobre sea pobre, tiene que aceptar que el dinero –del que carece– mueve el mundo, y tiene que estar dispuesto a trabajar por ese dinero, y si no estuviera dispuesto, y ningún pobre lo estuviera (lo que implicaría conciencia de clase), los ricos dejarían de serlo porque el dinero carecería de valor para someter. Pero dije que estaba de acuerdo con Hegel solo en parte, ya que aunque coincido con esto, creo que tampoco es del todo así solamente, ya que el sometimiento existe y es muy difícil salir de ello incluso con mucha voluntad. Y aquí me vuelvo un poco marxista al opinar que, ante todo, la dominación material es la que manda. Y cuando tenés que comer, y tus hijos tienen que comer, por más que te quieras hacer el guapo, la opción es ser sumiso a la propiedad privada, o bien cometer el acto básico de libertad, el llamado robo, y asumir las consecuencias que impone la sociedad que, en muchos casos, suelen ser peores que ser un esclavo más.

Todo lo anterior, que igual es necesario aclarar, corresponde en gran parte a un análisis económico, o social pero con bases en lo económico, que no es que no me interese, pero ya está harto discutido y no es el espíritu de este texto. Intento referirme a algo cultural, en evidente relación con lo político, económico y social, pero con sus particularidades. Decía, entonces, que al ejercicio del poder desde lo espiritual/material hay que agregarle el sometimiento cultural, y si de cultura hablamos, sabemos que el lenguaje es lo que permite su existencia.

El primer modo de aprehensión del mundo por parte del hombre es el lenguaje, es lo que nos distingue del resto de los animales, es lo que nos permite crear cultura, nos posibilita la abstracción, crear conceptos, y por ende construir nuestro contexto. Pero si el lenguaje habilita, también estructura el pensamiento: una vez que uno adquirió ese lenguaje, a partir de allí, usará ese lenguaje para intentar comprender el mundo, y fuera de él será imposible pensar. El cerebro está entonces modelado e intenta adaptar todo a ese lenguaje. Así, la lengua natural (el idioma), dice Lotman, es el primer sistema cultural mediador entre el individuo y su contexto. Y ya sobre ese sistema se construyen otros, como los lenguajes artísticos, que funcionan como sistemas de modelización secundaria. Es decir, entonces, que también modifican las estructuras de la percepción.

Así es que al imperio, para ejercer su dominación, no le alcanza con el sometimiento económico, sino que la cultura en general es importante para mantener el poder. Desde un punto de vista analítico entendemos la economía y otros aspectos culturales como elementos diversos, pero es importante aclarar que funcionan como un todo interdependiente y que en sí están interrelacionados. Así, al ejercerse el dominio económico, viene como corolario una expansión del lenguaje: las empresas estadounidenses ponen sedes en distintos países y se hacen necesarios empleados que manejen el idioma de la casa central, los conocimientos científicos y tecnológicos avanzan de la mano de la economía en el idioma que los financia y para acercarse a ellos hacen falta científicos y usuarios que hablen el idioma o bien traductores, y los productos de consumo con nombres o instrucciones de uso en el idioma del imperio terminan por hacer el resto del trabajo.

Está entonces en marcha la dominación del primer sistema de modelización del pensamiento y la cultura: el idioma inglés se va metiendo de a poco dentro de los demás idiomas y sus culturas (se dice que “Ok” y “Coca-Cola” son las dos palabras más usadas en el mundo, y resulta creíble más allá de que sea cierto o no). Y con el idioma, claramente, como decía antes, la percepción del mundo, las costumbres, la forma de ser, todo lo que hace a la cultura va mutando. Basta con analizar cómo han cambiado radicalmente las costumbres y la vida diaria de principios del siglo XX a esta parte. Y si de ese siglo hablamos, está claro que fue el siglo en que se impuso el imperio yanqui. El sistema económico impuso el consumismo, que influye determinantemente en nuestro modo de alimentarnos, nuestro modo de entretenernos, nuestro modo de relacionarnos, nuestro modo de pensar, es decir, al fin y al cabo, toda nuestra cultura.

Pero si hay algo que influye fuertemente en la difusión de una cultura es la imagen. Sin meterme en temas biológicos o antropológicos profundos que desconozco, está claro que, al menos por tradición en nuestra sociedad, la imagen es uno de los elementos más fuertes de comunicación, es decir, de interconectar mentes. Ya desde hace siglos la Iglesia Católica utiliza imágenes para difundir su credo. Hay algo en la imagen que la hace conectarse con algo bien básico y natural en el ser humano. Si bien la lectura de imágenes es también –como un idioma– un conocimiento en parte adquirido y no natural, lo cierto es que se percibe mucho más como natural. Creo que habrá mucha más gente conciente de que habla un lenguaje natural (idioma, sistema arbitrario de fonemas, signos, etc.) que gente conciente de que maneja un “lenguaje visual”, con codificaciones muy precisas y que son tomadas como tan naturales que muchas veces son inconcientes.

El siglo XX, decía, fue el siglo que más cambios vio en el mundo del hombre. El poder militar permitió el poder político y económico, que permitió el poder tecnológico, que permitió el poder cultural a nivel mundial. Dentro de la tecnología y cultura desarrollada en el siglo XX cobra preeminencia el lugar de la imagen. Ya desde el siglo XIX la fotografía había generado un cambio sobre todo en la concepción del arte y de la realidad. La cultura empezó a cambiar a raíz de este invento en un contexto de industrialización que lo acompañaba, la repetición y la serialidad de la era industrial veían en la fotografía un dispositivo perfecto. El fin del siglo trajo con el cine la técnica de captura del movimiento que no hizo más que llevar al límite el cambio de las nociones de realidad y arte, entre otras. Y tras algunos años de pruebas, inventos e intentos poco sistemáticos, la cinematografía estadounidense se constituyó como hegemónica e indiscutida a nivel mundial. Hubieron y hay siempre otras corrientes y formas de concebir y hacer el cine, pero su influencia es mínima al lado del sistema yanqui y su predominio mundial, basado en el sistema industrial y económico, pero con consecuencias ineludibles desde el punto de vista cultural. Así, entonces, el sistema de modelización secundaria, el artístico, en el caso del cine (y los medios audiovisuales en general), hace que nuestra visión del mundo sea teñida por él. Vemos más historias con idiosincrasia yanqui que propia, con sus temas y sus tiempos. Nuestro sentido del humor va cambiando, los jóvenes nos reímos de “gags” yanquis de series con las que crecimos. Y muchas otras cosas que no por menos obvias son menos influyentes.

El siglo XX fue el crecimiento del imperialismo yanqui y el crecimiento del cine y lo audiovisual en general. ¿Casualidad? Estas cuestiones, básicamente la retroalimentación entre el imperialismo económico y el cultural, que se ayudan y complementan mutuamente para sostener el sometimiento, me parecen de gran interés, para estudiar particularmente la influencia del cine y todo el sistema de la imagen audiovisual. Este texto es solo un esbozo de algo que quizás algún día me dedique a ampliar, ya con más seriedad, más dedicación, y con carácter científico. Pero por ahora y en este caso, puedo darme el lujo de opinar.

Así es como toda esta vuelta me lleva a pensar que ponerse contento porque un producto argentino sea valorado por el sistema de Hollywood, es como una persona que se pone contenta con la aprobación de su padre. Desde el punto de vista de los realizadores, siempre está bueno que las cosas que uno hace sean valoradas. Desde el punto de vista de los espectadores que la apoyan, siempre está bueno que algo que a uno le gustó sea también del gusto de otros. Desde el punto de vista de los argentinos, siempre está bueno que un producto de la industria nacional sea valorado. A mí también me gusta que mi papá apoye lo que hago. Pero creo que a veces, y no digo en todos sino solo en algunos, cada uno sabrá de quién hablo, hay una exageración de eso. Que mi papá no apoye algo que hago no desmerece mi acto, mientras yo sepa qué estoy haciendo y esté conforme con ello. Pero creo que mientras le demos tanto valor a la palabra paterna, siempre vamos a estar sometidos. Y ahí vuelve lo de Hegel, y en los que hacemos cultura hay más decisión que en el pobre esclavo: mientras aceptemos al amo como amo y a nosotros como esclavos, vamos a seguir siendo parte de un sistema que, cuanto menos, se ríe de nosotros.

Ojo, no me hago el piola, yo también soy súbdito y lo acepto, aunque a veces con algo de auto bronca, pero acepto que lo soy. Pero me gusta analizar y criticar, y creo que así podemos ser un poco más libres. Y para cerrar y demostrar sin vergüenza mi contradicción, los dejo con una frase de Homero Simpson: “Para mentir hacen falta dos, uno que mienta y otro que crea”.

sábado, 6 de marzo de 2010

Sobre la plusvalía

Como siempre digo, muchas veces hablo o escribo de algo que no sé, o que sé a medias y completo con imaginación o suposiciones un poco más racionales. Por mucho tiempo de mi vida la conciencia sobre la incompletitud de mi conocimiento o las dudas sobre su veracidad hicieron que no escribiera o que me abstenga de opinar. Con el tiempo cambié y soy más realista, dudo más de la verdad, por lo cual confío más en las verdades subjetivas, como la mía, y la escribo, y si me equivoco ya alguien me lo hará notar y aprenderé. Pero no voy a estudiar a fondo cada cosa antes de escribir sobre ella, porque eso me privaría de muchas posibilidades de expresión, y hay veces que uno necesita escribir sobre algo y si se pone a leer y aprender, las ganas de escribir se disipan y uno se queda un “algo” adentro que le hace mal. Además, al escribir, mi objetivo es escribir lo que pienso, no ampliarlo. Para ampliarlo ya estará el futuro, en parte gracias a las respuestas que recibo sobre lo que escribo.

Una de esas cosas de las que hablo sin quizás saber mucho es la plusvalía. Alguna vez escuché que la plusvalía es, básicamente, la diferencia de dinero que hay entre lo que un trabajador produce y lo que conserva de lo producido. Por ejemplo, un obrero trabaja en una empresa y produce, digamos, doscientos pares de ojotas por mes, lo que equivale a $4000, pero el sueldo del obrero es de $2000. De los $2000 que nos quedan, cierta parte se va en pagos a proveedores, alquiler del local, etc, todos los otros gastos que implica la producción y que no son sueldos. Pero dije “cierta parte”, digamos, como mucho, $1000 de cada doscientos pares de ojotas. Es decir que todavía hay $1000 que se ganan en la venta de las ojotas, pero que no se gastan en la producción, es decir que quedan para el dueño de la empresa, solo porque es dueño. O sin ir al dueño, dentro de la misma empresa hay varios empleados, cumpliendo roles diversos, algunos de los cuales son más específicos. Y el que sabe más gana mejor sueldo aunque trabaje el mismo tiempo.

El sistema legal y moral está preparado para eso. Normalmente los defensores de ese sistema dirán que el dueño merece ganar más porque destinó parte de su dinero a invertirlo en las máquinas o en poner la empresa, y el empleado que gana más lo merece porque tiene más capacidad innata o porque dedicó esfuerzo en su vida a estudiar y aprender. También dirán que en un sistema de clases sociales cada una cumple su rol, unos trabajan y otros les dan la posibilidad de trabajar (¡Qué bondadosos!). Y dentro de los que trabajan, unos tienen menos conocimiento y son más reemplazables (para ciertos trabajos da igual masomenos cualquier obrero mientras tenga las dos manos), y otros como un gerente tienen un conocimiento mucho menos difundido y por tanto más valioso, y con mayores responsabilidades a cargo como la gestión de un proceso mayor. Pero son todas verdades a medias.

Las razones que se esgrimen en defensa del sistema de producción capitalista son tan teóricas e inexistentes como las que se proponen en defensa de otros sistemas teóricos tan absurdos como ese (los cuales no vienen al caso porque este texto es sobre la plusvalía, o sea sobre el capitalismo). Claro que un tipo que decidió estudiar y se esforzó por ello merece ganar más. Claro que un tipo que decidió invertir su dinero en poner una empresa en vez de tomar cerveza merece obtener rédito por su sacrificio. Pero esto en la práctica no es así. Porque los casos donde la gente puede elegir, si es que existen, son una minoría extrema. Es decir, en casi la totalidad de los casos, el que tiene capital, por ejemplo una empresa, no lo hizo trabajando como obrero y ahorrando. En casi todos los casos, el que estudió y sabe más no inició su vida como obrero básico y eligió estudiar y progresar. Porque en casi todos los casos los obreros más básicos con suerte llegan a fin de mes a pagar su alquiler, sus gastos en servicios básicos y alimentos. No tienen la posibilidad de elegir, solo –y con suerte, mucha suerte– pueden aspirar a sobrevivir.

Entonces en casi ningún caso se trata de gente que eligió un esfuerzo (el ahorro, el estudio) en pos de una mejor situación económica futura, sino que se trata de gente que simplemente por azar del destino nació y vivió en una clase social más alta que le permitió no ser un obrero base, sino estar un poco más arriba, ya sea al heredar propiedades (empresas, casa, campo, lo que sea) o al tener una familia que le haya podido pagar estudios que lo hagan más productivo y por tanto más valioso en el sistema de escalas de trabajadores (desde el obrero base hasta gerente general, en alguno de todos los escalones posibles).

Es importante tener en cuenta que este tipo de gente, las que pertenecen a una clase social con algo de plusvalía (es decir, ganan no solo por su esfuerzo sino también por su capital), representan una parte mucho menor que el resto. Dentro de esta gente, que tiene la suerte de poder elegir ahorrar y/o estudiar, ahí sí, habrá gente que decida hacerlo y haga que su condición social aumente o se mantenga, y habrá gente que no le dará importancia y descenderá de clase. Pero aún el que decide esforzarse, puede justamente “decidir”, porque tiene un excedente, el cual no ganó sino que heredó, que le permite hacer esa elección.

Pero lo cierto es que en un mundo donde gran parte de la gente no puede sobrevivir porque no tuvo la suerte de heredar propiedades o educación, es mentir decir, como dicen los defensores del capitalismo, que es un sistema justo porque premia los esfuerzos. Es mentira porque hay ciertas personas que, por su clase social, por más esfuerzo que hagan nunca podrán salir de donde están. El que tiene capital y se esfuerza, sí, recibe premios: si uno invierte dinero en una empresa en vez de en cerveza, obtendrá beneficios; si uno invierte su tiempo y dinero libre en educación, obtendrá beneficios. Pero el que no tiene capital y se esfuerza, no recibe los mismos beneficios sino en una proporción muchísimo más ínfima.

Otra sería la reflexión acerca de qué es la justicia, es decir, a qué nos referimos al hablar de un sistema justo. Pero sin ahondar en el tema diré que para mí la justicia es una convención social, un valor abstracto que se supone está detrás de algunas cosas, cuando cada uno obtiene lo que merece (lo que merece depende de los valores de cada sociedad). Y merecer es hacer algo para lograr otra cosa, en un sentido sinónimo de esforzarse. Y como ya dije, los esfuerzos de algunas clases sociales son menos retribuidos que los de otras. Por eso puedo concluir que el capitalismo es un sistema injusto.

¿A qué llegué con todo esto? No sé, mínimamente me hizo pensar un poco, ordenar mis ideas, y te hice que miraras las cosas desde mi punto de vista. A lo que quiero llegar es a que podamos entender que este es un mundo real, el cual está habitado de teorías, y no al revés: las teorías son elementos dentro de la realidad, no es la realidad la que está dentro de una teoría. Entonces, no existe un afuera de la realidad, existe un afuera de la teoría. Afuera de esas burbujas que son las teorías está la gente real, de carne y hueso, que se esfuerza en vano y sufre día a día las injusticias justificadas en esas teorías.

Hasta acá este texto se puede resumir entonces como un análisis humilde y aficionado (por oposición a profesional) del sistema capitalista que se basa en la plusvalía. Lo único que busqué hacer fue evidenciar las mentiras que lo sustentan y justifican. Considero que con lo expuesto desarticulo desde la base todas las estrategias de defensa del capitalismo que he escuchado en mi vida (aunque supongo que inventarán nuevas que tendré que desarticular en un futuro). Y solo me proponía eso, que el lector entienda que es una mentira, que es un sistema injusto y brutal como lo es cualquier forma de organización de una comunidad salvaje. Porque no creo esa mentira que nos intenta vender el antropocentrismo y su derivado racionalismo, de que el hombre es especial y el centro de este planeta. Somos una especie más, con varias particularidades muy raras, pero somos animales y nos peleamos por la supervivencia y bienestar, que pareciera no poderse lograr sino a costa de los demás.

Muchas veces cuando alguien critica el sistema establecido se le pregunta ”¿Y entonces qué proponés?”. Creo que criticar y proponer son dos cosas que no necesariamente tienen que ir juntas. Claramente suele ser más interesante, pero no excluyente, creo yo. Prefiero alguien que critica porque se da cuenta o cree que algo está mal, aunque no sepa cómo arreglarlo, antes que alguien que hace oídos sordos a una realidad que le está gritando en la cara lo que no quiere oír. Yo hoy en día siento que soy alguien que critica mucho más de lo que propone. No porque diga nada original y raro, sino porque simplemente digo y trato de decir, siempre que puedo, lo que muchos ni se detienen a pensar, y los que otros piensan pero callan, sin darle la oportunidad a los demás de conocer su opinión. Me encantaría aprender y tener la fuerza suficiente como para además de criticar poder proponer y hacer. Y trato cada vez más de avanzar hacia ese lado que creo que es mucho mejor. Pero miro el camino y aunque me siento medio chanta porque suelo hablar más de lo que hago, lo cierto es que para ser justo, soy por lo menos más autocrítico que la mayoría de los que tendrían la chance de serlo y le huyen. Y además, en contra de lo que muchos opinan, creo fervientemente que decir es hacer. Decir es expresar, expresar es transmitir una idea y sentimiento a otros, y en esa transmisión existe la posibilidad de que otros comiencen a mirar la vida de un modo distinto al que la miraban. Y ahí es donde siento que puedo cambiar el mundo desde mi teclado. Desde mi teorización, teoría que no es la realidad, que es una humilde mirada, pero que es parte de este mundo al que pretende mejorar aportando su granito de arena. Mi plusvalía, la cual no elegí y a la cual no puedo renunciar, me permite elegir. Y creo que usarla de un modo menos egoísta es lo menos que puedo hacer por este mundo que, místicamente, me dio tanto. Me dio cosas que no pedí y por las cuales no luché, así que es un mundo injusto: no las merecía. Pero porque soy humano y mi sociedad me transmitió la noción de justicia es que busco compensar mi suerte al tratar de retribuirle al mundo lo que sin querer y sin saber me dio. Algo así como tratar de merecer después lo que obtuve a priori.

Por último diré que creo que no hay que confundir autoestima y autoconfianza con soberbia y altanería. Si digo lo que creo que soy, como en el párrafo anterior, es porque trato de ser consciente de mí mismo. Y si soy consciente, hago lo que creo que está mejor. Pero no pierdo la noción de que quizás me equivoque. De lo único que estoy seguro es que todo lo que digo y hago es fiel a lo que pienso y siento. Después, si me equivoco, eso es algo que está más allá de mí. Desde luego, seas quien seas, te doy las gracias por el honor que me otorga el hecho de que me hayas leído.

(Texto publicado en Facebook el 19 de Febrero de 2010)

¿Qué es la fe?

Primero que nada, debo aclarar al lector desprevenido que, si bien soy estudiante universitario y tengo cierta formación académica, teórica, o como se le quiera llamar, lo que digo no está autorizado por nada ni nadie y probablemente no son más que patrañas. Pero son mis patrañas, y por eso las quiero, valoro y publico.

Crecí en un racionalismo absoluto, un poco porque es el valor de cambio impuesto por nuestra sociedad en general, otro poco porque es el valor de mis padres en particular.

Una de las cosas más divertidas de crecer, cuando uno llega a cierta edad en la que puede pensar más lúcidamente, es usar la lógica. Así, en mi temprana adolescencia me dedicaba a probarme a mí mismo y a los demás esa capacidad. Por supuesto, me convertí en el típico refutador de leyendas. Parte esencial de esa tarea es criticar a la religión, en nuestra sociedad particularmente a la católica.

Me divertía diciendo lo típico y en lo que no voy a perder tiempo en ahondar. Pero básicamente el argumento era que la religión no se basaba en nada concreto, que era todo invención pura de la mente humana. Creer en algo cuyas “evidencias” no tenemos, eso era la fe para mí. En cambio la ciencia, decía, está basada en lo empírico, por tanto mucho más real, concreta, de verdad.

El tiempo pasó, pasaron infinitas cosas en mi vida, y mi mente cambió. De algún modo mi forma de ver la fe no cambió. Sigo creyendo que es eso. Pero cuando antes la relacionaba solo con la religión, hoy veo que en realidad la fe es la única forma de conocimiento posible.

De algún modo, pienso hoy, tener fe es dejar de preguntar. Es aceptar las cosas como son (como a uno le dicen que son) y hasta donde uno las conoce. Uno nunca puede saber todo, uno confía, tiene fe en la ciencia, en que en algún lugar del mundo hay tipos especializados en física, química, matemática, esas cosas, que fueron y son autorizados por un sistema de otros tipos e instituciones que saben tanto como ellos, y que todos acuerdan la veracidad de lo que descubren o afirman. Pero en el fondo, estoy seguro, hay cosas que esos tipos no saben. Lo único que hacen es crear sistemas –limitados, con las características que les provee su sociedad– que respondan a los experimentos o pruebas de que disponen. Toda verdad, así, es provisoria, hasta que se demuestre su falsedad o incompletitud. Eso sin contar que quienes las formulan son seres humanos potencialmente tan mentirosos o falibles como muchos otros, ellos y quienes a ellos los avalan. Y aún en el mejor caso, como dije, siempre hay un momento en que ellos dejan de saber o poder explicar el mundo.

De este modo, es lo mismo que antes. Para la mayoría de los hombres y mujeres de esta sociedad, las cosas siguen funcionando igual. Hay unos pocos que dicen tener la verdad (antes los clérigos, hoy los científicos). El resto, la amplísima mayoría, no hacemos más que creer que tienen la verdad, que les ha sido revelada (antes por las sagradas escrituras o algo así, hoy por las evidencias empíricas). Pero es lo mismo. La ciencia es tan válida como la religión. En el fondo de las cosas, todo conocimiento es una forma de fe, de nombrar lo innombrable. La conexión entre aquello que percibimos y el nombre o explicación que le damos, esa relación es la fe. Siempre tan arbitraria e ideológica como todo signo. La forma de tapar eso que nos aterra, lo desconocido, en última instancia, todo lo que nos rodea.

(Texto publicado en Facebook el 1 de Febrero de 2010)

martes, 2 de marzo de 2010

Concepto centralizador y principio unificador

(Yo digo que) cuando alguien lee cualquier texto –este, por ejemplo– una de las primeras reacciones es el acuerdo o el disentimiento con lo que expresa. Relacionado a esto también siente una empatía o falta de ella. Así las cosas, a veces los textos (y uno al escribir) van entrando en un laberinto de afirmaciones derivadas cada una de la anterior, y el lector que no esté de acuerdo con alguna dejará de leer, o bien, si tiene esperanza o simple cortesía, seguirá hasta el final. Y como voy a opinar, asumo que varios irán cayendo en el camino.

Hay ciertas cosas que a uno lo influencian mucho. De hecho, según yo lo veo, uno no es más que influencias. En mi visión del mundo, teñida principalmente por la racionalidad que caracteriza a la sociedad occidental de hoy en día, creo bastante en la causalidad. Así es que considero a cada cosa como consecuencia y causa de otras.

Entonces creo que cada ser es una consecuencia (sin perjuicio de ser también causa). Soy una consecuencia material de un encuentro sexual previo (y de todo lo que lo rodea). Esa materia –mi organismo, mi ser biológico– fue puesta en un mundo determinado –mi familia en la Buenos Aires de 1986– y ese contexto influyó en mí. Una constitución previa –biológica– sumada a una puesta en sociedad –contexto– determinaron el rumbo de mi vida.

Visto así, no somos más que un eslabón en una cadena de causalidad infinita. Eso nos permite apreciar nuestra vida, según queramos verlo, de dos modos opuestos. Una primera visión sería la de creer que no somos nada, que de nosotros nada depende, no tenemos independencia y pensamos lo que el mundo y la combinatoria hicieron de nosotros. Otra postura indicaría que, más allá de lo anterior, al ser eslabones, la cadena de la causalidad infinita universal depende de nosotros.

De cualquier modo, cualquiera que esté de acuerdo en esta visión del mundo notará que creernos importantes o no, como cualquier otra opinión que tengamos, no cambia en nada el mundo. Y esa opinión, entonces, tiene un origen ajeno a nosotros y no podría haber sido otra. Entonces no opinamos sino como reproducción de una combinación de factores previos.

Cuestión que, según pienso, lo más interesante de uno como eslabón es dar lugar a los resultados que esa causalidad imprime sobre nosotros. Esto es, crear, crear y crear. Sí, bueno, uno no crea nada, uno es como un filtro que recibe ciertas cosas y emite ciertas otras. Pero uno es único. Y eso es lo interesante de ser, de estar, de ser ser y estar vivo.

(Texto publicado en Facebook el 1 de Febrero de 2010 bajo el título de "FAQ")

lunes, 1 de marzo de 2010

Me voy a morir

Me voy a morir. Sí, me voy a morir, y no es trágico. ¿Cuándo me enteré? Hace mucho, pero nunca lo dije, no sé por qué. ¿Que cuándo? No tengo idea. ¿Cómo? Menos. Pero me voy a morir.

¿En qué cabeza de un joven sano de 23 años entra la idea de pensar en su propia muerte? En la mía, evidentemente. ¿Sano? No sé, supongo que sí.

Muchas veces me pregunto por qué tanto mambo con la muerte, por qué tanto miedo, tanta tristeza. Por egoísmo, desde luego. Nuestros seres queridos que mueren, desaparecen. Queda solo su recuerdo, su recuerdo no vive, su recuerdo es abiótico, no vive ni siente. Está, "vivo", sí, entre nosotros. Pero sin nosotros no existe. Así las cosas, lo que nos pone triste de la muerte es que no podremos disfrutar más de quien muere. Ahí está nuestro egoismo.

¿Qué siente el que muere cuando muere? No siente nada. Desaparece (en el sentido menos macabro de la palabra). Entonces, ¿por qué preocuparme por algo que me va a pasar si cuando me pase no me enteraré? Y, sin embargo, me preocupa la idea de morirme. Porque me gusta estar vivo, porque hay tanto que quiero hacer que me pone triste saber que nunca podré hacerlo todo.

Entonces, si no puedo hacerlo todo, ¿por qué pretenderlo? Más vale resignarse a que la vida es finita, a que el tiempo que uno tiene para disfrutarla es finito. Más vale resignarse a morir.

Pero en la tristeza que esto puede parecer traer aparejada hay en realidad una alegría. La alegría de saber que la vida es nuestra, que la tenemos con nosotros desde el día que nacemos hasta el día que morimos. Según entiendo, por siempre. Siempre estamos vivos, porque antes no existimos y después tampoco.

Si tan contento estoy, ¿qué me preocupa? Acá va: me preocupa desperdiciar la hermosa posesión que es la propia vida, el propio tiempo que uno vive, que es poco para las almas que queremos hacerlo todo. Lo que más me preocupa, siempre, es perder el tiempo, perder la vida. Cada día que no sea feliz es un desperdicio. Cada hora, cada día, cada minuto que yo viva.

Y, sin embargo, la felicidad solo es posible en tanto existe la infelicidad. Solo podemos percibir la luz si hay también oscuridad. Entonces, ¿qué es esto de pretender disfrutar la vida todo el tiempo? ¿Acaso soy un tarado que no se da cuenta que la vida es así? Sin embargo, cada vez que estoy triste trato de obligarme a no estarlo, de pensar en el universo, en la paz cósmica, en que todo está ahí para que lo disfrute, por un tiempo determinado, hasta donde me de el cuerpo que soy/tengo.

A veces siento que soy un pelotudo. Claramente, merezco la muerte que vendrá.

(Texto publicado en Facebook el 8 de Octubre de 2009)

La génesis de un blog

Aunque a veces percibimos las cosas como un cambio repentino de un momento a otro, muchos hechos requieren un proceso paulatino hasta concretarse. Como un vaso que se llena gota a gota y en un momento rebalsa. El rebalse se produce en un instante, pero implicó todo un proceso. Bueno, algo así es este blog. Todo parecía estar bien, en aparente paz, en clandestino silencio, hasta que la cosa rebalsó. El agua se está chorreando, regando el jardín de la blogósfera, que día a día crece sin parar. Solo soy un blog más, pero espero no ser una hierba mala sino una flor, que aunque cause alergia igual valga la pena su existencia.

¿Qué es un blog?
El concepto de blog suele estar asociado a la idea de una página web de actualización frecuente, en forma aditiva, agregando en general nuevas "entradas" en forma sucesiva. Usualmente se permite a los visitantes comentar acerca de cada entrada.

¿Por qué escribo un blog?
Porque me gusta pensar, y escribir me obliga a pensar mejor y ordenar mis pensamientos. Pero si la escritura no tiene un destino de publicación, no me entusiasma lo necesario. Además, al publicarlo, surge la posibilidad de recibir comentarios de otras personas, que al leerlos aumentarán mis posibilidades de reflexión y me permitirán pensar cosas nuevas. Soy medio idealista y creo por un lado en que siempre se puede pensar más y mejor, y a la vez tengo fe en el ser humano, y creo que la gente que lee el blog puede opinar de un modo muy enriquecedor para mí y los demás visitantes.

Espero que disfruten su visita, los invito a escribir a la par mía en los comentarios del blog. Gracias por leerme. Saludos.