miércoles, 24 de marzo de 2010

Sobre el tiempo, la memoria, la subjetividad y el futuro

La conciencia del tiempo es una de las características del ser humano que lo hacen especial entre el resto de los seres vivos. Esta conciencia, atravesada por la racionalidad y la construcción del entorno en tanto objetos, hace que interpretemos el tiempo como el espacio: es infinito y es medible. Y así como cargamos de sentido -emocional y racionalmente- el espacio, y entonces sentimos y pensamos de un modo especial en un lugar determinado, también pasa lo mismo con el tiempo, en su doble característica de unidireccional y cíclico.

Desde nuestra concepción del mundo, es unidireccional, hay un pasado y un futuro, ambos hacia el infinito. Y hay un presente, que es simplemente un instante efímero que funciona como límite entre el pasado y el futuro. Pero también es cíclico, porque hay ciclos que empiezan, terminan y vuelven a empezar. Estos son los años, las estaciones, los meses, los cuatrimestres de la universidad, el período de sesiones ordinarias del poder legislativo, lo que sea. Unido a esto, las fechas. Y es ahí donde el tiempo, como el espacio, se puede recorrer una y otra vez, y sentir acorde a la carga que le pongamos a cada momento del ciclo.

“Hoy la carne sale un 35% más que en Marzo pasado”, “Hace un año ni conocía al amor de mi vida y ahora estoy conviviendo”, “Hace 34 años comenzaba la peor dictadura de la historia de nuestro país”. El pasado no existe, pasó, pero existe la memoria para otorgarle una existencia y un sentido -emocional y racional- a ese pasado. Al igual que no se puede recorrer un espacio dos veces, porque la segunda vez ya cambió él y cambiamos nosotros (como la metáfora de que “nunca se cruza dos veces el mismo río”), tampoco se puede vivir un tiempo dos veces. Pero el carácter de cíclico del tiempo hace que ciertos días, aunque más no sea desde su nombre (“Veinticuatro de marzo”), se repitan cada cierto tiempo, y sintamos de algún modo que estamos reviviendo todos los días pasados que tuvieron ese nombre, y vuelven a nosotros emociones asociadas a ese día, como vuelven las emociones al visitar el pueblo natal o la escuela primaria, o al encontrar a un viejo amigo en Facebook.

Todos convivimos en un tiempo simultáneo, pero a la vez cada uno lo vive de modo diferente. Al igual que el espacio, que puede ser físicamente el mismo, pero para cada uno es algo distinto. El Monumental (estadio de River Plate) tiene una carga para mí que soy de River y he ido ciertas veces en particular, tiene otra carga para quienes van siempre, tiene otra carga para quien va de visitante por primera vez, otra carga para un turista, otra carga para un viejo que supo ir todos los domingos pero que ya no puede ir más porque no le da el físico, o para alguien que vio salir campeón del mundo a Argentina allí hace 32 años. Así, entonces, el tiempo es lo mismo: el 24 de Marzo de 1976 fue el día en que comenzó la peor dictadura de la historia del país y una de las peores del mundo. Pero ese día tiene una carga distinta para cada uno. Tiene una carga emotiva especial para quienes lo planearon y llevaron a cabo, logrando su beneficio espiritual y económico, que lo recordarán probablemente con la felicidad con que recordamos la final del mundial del ’78. Tiene otra carga distinta para quienes lo sufrieron y perdieron a sus seres más queridos en manos de esos hijos de puta. Otra es la carga emocional con que lo viven mis viejos, que lo vivieron en 1976 pero no tuvieron amigos cercanos que lo hayan sufrido tan directamente como lo es con la muerte. Y es otra la emoción con que yo lo vivo, yo que no lo viví en 1976, pero que vivo en un país que lo recuerda desde siempre (desde siempre que vivo, toda mi vida).

La memoria es, antes que todo, emocional. Uno recuerda emociones y las completa con datos que la justifiquen. Por eso es tan subjetiva, por eso sobre un mismo hecho cada uno lo recuerda distinto: porque lo vivió distinto, desde su propio lugar. Por eso el 25 de Mayo de 1810 es para todos masomenos igual, porque para todos es un pasado lejano, petrificado por la historia oficial, sin mucha revisión ni posibilidad al respecto, ni interés. Pero el 24 de Marzo de 1976 estaba viva gran parte de la actual población del país, algunos tenían 2 años y casi ni lo sintieron, otros tenían 22 años y vieron el terror a los ojos, otros tenían 54 años y hoy lo recuerdan desde otro lado. Y otros ni siquiera estábamos en planes de nuestros padres, pero vivimos los recuerdos desde ese otro lado, también con cierta emoción.

No sé quién leerá esto, no sé qué pensarán, quizás parezca que trato el tema de un modo muy frío y casi abstracto. Pero bueno, es un análisis posible de la situación, y quería escribir desde esta perspectiva. Porque el recuerdo colectivo del terror de aquellos años es moneda corriente. Por suerte, por suerte se recuerda y con mucha fuerza. Más allá de tristezas o alegrías, en general, me transmite cierta felicidad ver a la sociedad unida. Sea por gritar un gol de la selección de fútbol, sea por reivindicar la argentinidad de las Islas Malvinas, sea por odiar a los genocidas y su actividad. Esa unión, esa pasión común, ese sentir juntos, es una de las emociones más lindas que conozco. Y creo que eso, sentir juntos, es una de las claves para el triunfo de la sociedad de cara al futuro. Y por eso me puedo poner contento aunque el recuerdo sea triste. Porque al menos ese pasado triste nos une de cara al futuro. Y eso es un pueblo, un conjunto de personas con un pasado común y un futuro común. Brindo por la unión argentina, sin perjuicio de la unión latinoamericana y mundial.

1 comentario:

  1. Me gusto mucho como encaraste el tema, me gustaría compartir con vos ese sentimiento de felicidad por la sociedad unida. Trístemente me he dado cuenta que no todos recuerdan ese período como terrible. Eso me entrístece mucho. Tampoco viví ese período en carne propia, pero lo reconstruí a través de quienes si lo vivieron, de las cosas que he visto, que he leído, que he escuchado, y me cuesta entender a ciertas personas que relativizan ese pasado.
    Te mando un beso, Ana

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